lunes, 5 de mayo de 2008

Misterio en la Place de Étas-Unis




He vivido durante diez años en París y con ello he asimilado una cultura ajena a mis costumbres latinoamericanas y (en cierta medida) españolas así como a mis usanzas gringas que la llevo conmigo sin disimulo en mi vida diaria. Mis lecturas y la compresión que hago de ellas han sido producto mayoritariamente de mi socrática educación estadounidense. Mi visión fotográfica también fue desarrollada en parte durante mi juventud en los años sesenta y setenta que pasé en ese país. Por ello desde que llegué a París a finales de 1995 (y hasta que me marché en el 2006) me paseaba por sus calles en busca de la presencia estadounidense en esta ciudad. Mi intrigaba el desprecio del francés hacia la cultura estadounidense y a la misma vez que conmemoran esa cultura denominando calles y parques y monumentos a insignes hombres estadounidenses. Sin mencionar el gusto por los filmes americanos y de su música.

Hay muchas calles parisinas que cargan el fardo de nombres de ilustres estadounidenses; tales y como: Franklin Roosevelt, President Wilson, Benjamin Franklin, Lincoln y Washington, entre otras. Mas la corona del espacio público dedicado en París a los Estados Unidos es la Place de États-Unis; lugar de misterios que guarda recuerdos desconocidos y secretos ineluctables. Como ya había acotado en diciembre (en este blog) allí descansa entre arbustos el busto de Myron T. Herrick. No he encontrado hasta ahora respuesta acertada del porqué de este diplomático e intranscendente gobernador del Estado de Ohio ocupe tan importante lugar en esta plaza. Salvo por el extraño incidente que sufrió durante un bombardeo alemán en la Gran Guerra en 1914 que resultó ileso mientras caminaba por la Rue Freycinet, adyacente a la Place des Étas-Unis, y dónde estuvo la Embajada de los Estados Unidos hasta 1885, no encuentro razón alguna a este inusitado homenaje, a excepción de que haya una oculta historia de amor.

Pero el suspense de esta plaza aumenta in crescendo al encontrarme que ella se ha denominado (hace muy poco tiempo…eso creo) alternativamente con el nombre de Square Thomas Jefferson. Una pequeña placa discretamente adosada en una esquina de la cerca metálica que rodea el parque infantil emplazado justamente en el medio de esta plaza, es lo único que señala este acontecimiento. Me pregunto ¿por qué se erigió un busto de Herrick y no uno de Jefferson? Como vemos la expectación sobre el contenido de esta plaza no tiene fronteras.

El enigma se me contagia aún más al descubrir otra escultura mientras fisgoneaba lentamente este parque en mi última visita este abril pasado. Allí me salpicó ante mis ojos un busto esculpido en piedra bruta que además tenía como inútil ornamento una imagen en relieve de Paul Bert, científico francés que descubrió la presión barométrica y su efecto en el ser humano. La efigie era de Horace Wells, dentista estadounidense novador del siglo XIX, que experimentó con el gas hilarante como anestesia, fracasando en su experimento. Suicidándose unos pocos años después despechado por su desilusión y loco (de risa) de tanto inhalar tan peligroso gas. No veo conexión alguna en tan disímiles hombres para que merezcan tal homenaje. Al contrario, Wells era profundamente religioso, mientras Bert impulsaba con fervor la eliminación de la enseñanza religiosa en las escuelas.

Ahora divago entre teclas y librerías y, mi pensamiento se pregunta con afán, ¿quiénes decidieron que los nombres de Wells y Bert compartan honores con Lafayette y Washington y Jefferson. Por otro lado, consulto un viejo anuario (que estaba en un olvidado cajón) diplomático y un regreso fugaz al parque para cerciorarme de lo documentado, comprobé que las direcciones que investigaba concordaban con las legaciones extranjeras. ¿Qué atracción tiene esta plaza para estar acordonada de embajadas -Bahreín, Omán, Irán, Yemen y Egipto- opuestas a la cultura americana? ¿Esta particularidad contiene algún inefable presagio? ¿Estamos ante otro nuevo misterio?

Mientras la muy fría mañana primaveral fenecía se levantaba el sol con el movimiento preciso del reloj, adentraba sigilosamente mi vista en este parque, y mi asombro era cada vez más perplejo. Lo que pensaba era una estatua en honor a los soldados americanos caídos durante la Segunda Guerra Mundial, resultaba que era un monumento al olvidado “Cuerpo de voluntarios de la sección sanitaria” estadounidense. También había una pequeña chapa poco visible en la parte posterior de este monumento con la inscripción de los nombres: Alan H. Mur, Buham Robinson y George Autrey. ¿Qué entresijos encarnan estos inescrutables nombres?

Las respuestas a tantas contradicciones yacen ciertamente en el tiempo inmemorial de los secretos de enamorados y de complacientes febriles políticos y de fantasiosos patriotas. Mientras espero respuestas, mantengo la ilusión, que mi cuaderno de notas recogerá algún día las no innecesarias verdades. Justamente cuando proseguía el sendero por las contiguas calles de este misterioso barrio, observé inscrito en la piedra de uno de estos monumentos, una estrofa de un poema de Alan Seeger, un oscuro poeta con verdaderos sentimientos de inmolación para obtener la gloria.

¿Quiénes (hablo en plural pues dudo de la autoría de un solo hombre a tan vasto misterio) desempolvaron a tan extensivos y perdidos personajes? El oculto misterio de los personajes de la Place des Étas-Unis no se desvanece…continúa.