viernes, 7 de marzo de 2008

Treinta y cinco años de espera


Taj Mahal
Todo viaje tiene su fin. El mío por la India fue en el Taj Mahal. Allí no será mi descanso. Ese lugar ya está ocupado por el amor de un hombre. Gente de todo el mundo se precipita a visitar el mayor mausoleo construido por la pasión de la locura de un amor. En mi caso fue para sentir y dilucidar la capacidad de añorar y de comprender los sentimientos por la ausencia de la persona amada. Lo que se es capaz de consumar para proclamar ante el mundo el amor tormentoso a una mujer.

Begum fue su favorita entre sus mujeres, de la cual, Sha Jahan, se impregnó de sus sudores y de su aliento cual recibió como los vientos frescos de una calurosa noche de verano, de sus jadeos que lo enloquecía de sordera y de su cólera hacía que él la poseyera con la fuerza de un guerrero emperador, su sensual e implacable movimiento de la pelvis lo mantenían atado a ella y sus turgentes pechos los besaba a medida que soltaba su éxtasis dentro de ella. Esto es lo que él recordaba cuando acometió tal inédita y exuberante obra.

Ninguna de sus otras mujeres le satisfacían con el mismo torrente sexual que Begum. Él no podía vivir con el tormento de deslizar sus manos en esbeltos cuerpos y de besar pezones frescos a su antojo, de sentir la humedad caliente que chorreaba mientras besaba el vaporoso volcán del sexo, de besar con fuerza y saborear tórridos labios carmesí, de sentir lenguas carnosas que le besaban lo más intimo de su ser, de sentirse poseído y de poseedor implacable, de disfrutar indistintamente de vírgenes y apasionados cuerpos de experiencia que se le ofrecía cada noche para su eterno placer. Su pasión aún no estaba libre de la pasión de Begum.

Cada mujer que poseía y que desgarraba con la fuerza de su imperio mogol no era suficiente al recuerdo de su siempre amada Muntaz Majal. Para ello hizo edificar la joya de la India donde yace la única amante que había conquistado su corazón. Solo así sabía podía liberarse de tan enloquecida pasión al juntarse nuevamente con el cuerpo de ella. Ella tuvo que esperar por treinta y cinco años años para recibirlo nuevamente. Para él era una eternidad. Pues no olvidaba que su perturbador y sincero amor había matado a su amada mujer.

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