miércoles, 28 de mayo de 2008

Para Caracas


Rue Copernic, París

Ha sido Mario Benedetti en su extraordinario libro sobre su memoria de los recuerdos de su invariable exilio donde leí que el regreso del exiliado a casa es regresar como emigrante, pues el emigrante seguirá siempre siendo inexorablemente emigrante en la tierra que le dio cobijo y emigrante en la tierra que dejó, y que deslastrase de tal condición es pasar por el proceso del desexilio. Todavía yo no he pasado por ello.

Por mi parte tengo más de una década que dejé a mi país una mañana de verano. Saliendo primeramente mi esposa y yo para seguirnos a escasos 30 días nuestros tres pequeños hijos. Llegamos a una tierra hospitalaria que resultó con el tiempo una fantasía que escondía sabiamente el rechazo del que llegaba. Los primeros cinco años el deslumbre de la gran ciudad obviaba en mí cualquier acercamiento a la verdad de lo que escondía una sociedad que se preciaba en libros y en los medios de comunicaciones como abierta al emigrante.

El espejismo de la ilusión me enfrentó a la realidad. Las dificultades con que recorría el camino para renovar año tras año la documentación resultaba una frustración anual. Nunca los infelices funcionarios de inmigración me decían no claramente, más la actitud y las inmensurables pruebas que debía aportar cada año para renovar por un mísero año más mi estadía legal en un país que poco a poco me iba integrando, comenzaba a frustrar en mí cualquier intento de felicidad. Es como si la mísera vida de los funcionarios públicos te arroparan con sus innobles sentimientos. La llegada de un xenófobo e histriónico y vulgar hombre a la presidencia de ese país me guió claramente que era hora de partir y de dejar atrás nuevamente una vida.

Mas uno de esos días que paseaba por la bellas calles de esa ciudad esplendorosamente llena de escondrijos de mentiras y de habitantes frustrados por la decadencia de no poder surgir más allá de sus fracasados sueños, me hizo recordar lo que todo emigrante siempre recuerda: su país de origen. A pesar de que hablo del país que dejé atrás, realmente lo que dejé no es propiamente un país sino a una ciudad, mi ciudad con mi gente y con mis calles y cafeterías, y a mis librerías, galerías, teatros y cines, y a mis amigos. Eso es lo entrañable.

Y una vez más símbolos de mi propio y único desciframiento saltan sutilmente ante mis ojos el recuerdo de los recuerdos en la ciudad donde emigré y que ahora dejo en el buzón de las remembranzas. Este panel con el nombre de Paracas me era imposible de no sentir el extrañamiento de mi ciudad que había dejado en otras aguas ya hace trece años lejanos. Este desacostumbrado nombre de ese puerto peruano me hizo remembrar mi París y mi entrañable Caracas.

2 Comments:

Blogger Luis said...

Vivir lejos de Caracas siempre resultará insuperable porque ni el horizonte marino mas hermoso, produce el suspiro entrañable de enfrentarse al Avila.

29/5/08 17:18  
Blogger Alejandro López de Haro said...

Hola Luis:
Tus esplendorosas palabras para describir los sentimientos de mirar el Ávila son solamente equiparables a mi fotografía de tan única montaña. (Haz clic al enlace de julio 2007 y allí la verás.)

30/5/08 21:07  

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