sábado, 19 de julio de 2008
viernes, 11 de julio de 2008
Un lugar seguro para un recién nacido
Existe una barrera sutil entre señalizaciones de tráfico y de vías y aquellas realizadas por entes privados para señalizar prohibiciones o advertencias y las señales propias de los anuncios de publicidad. En esta materia hojeé el libro A History of Advertising publicado por Taschen que nos guía sobre la historia de la publicidad desde su comienzo como tal en 1630 con la publicación del primer anuncio de publicidad en La Gazzete de France por el francés Théphraste Renaudot hasta nuestro días. Este libro fue parte de mi fuente de inspiración para las fotografías publicadas ayer bajo el título “Señalizaciones” y la de hoy.
Hace unos días -en mi todavía pausa veraniega (que durará hasta septiembre)- en un paseo diligente comencé a descubrir el pequeño pueblo de Key Biscayne, que a pesar de haber visitado intermitentemente durante más de 20 años, me permanecía desconocido. Mi anterior automatismo consistía en tomar un taxi desde el aeropuerto al condominio de mis padres (y ahora al mío) y observar en este recorrido el escenificado panorama de la ciudad de Miami a través de la bahía de Vizcaya y ver de un lado al otro el acuoso mar de un torrente azul turquesa. Adentrarme en sus marinas y bosques y llegar al grandioso bulevar que lleva el mismo nombre del placentero parque Crandon Park me era también una rutina.
Pero en este viaje me descolgué de mi usanza y tengo hoy tres días sin salir de esta isla tan distante en su forma de vida como de la incontestable y bulliciosa y quizás vulgar ciudad de Miami. Mis días comienzan muy temprano en la mañana; a eso de las 6:30. Me siento en mi balcón de mi piso a observar y percibir desde allí la vista y el olor del no lejano mar. Leo la prensa del día escuchando entre bambalinas la suave música que sale de la radio antes de comenzar el noticiero de NPR mientras espero con ansias escuchar el programa de la acuciosa periodista Diane Rehm.
Durante estos días he dejado el coche en su aparcamiento y mis pies han pisado con pasos cortos las caliente aceras de este pequeño y sofisticado pueblo. He sudado mucho pues las temperaturas han rondado los 38º C. Me he paseado por sus pequeños centros comerciales y que en uno de ellos se está estrenando una sucursal de Starbucks (del cual me he convertido en un aplicado consumista). Mientras tanto he comenzado a descubrir otra vida otro pueblo. Y he aprendido que es “un lugar seguro para un recién nacido”; según reza este anuncio.
Etiquetas: pared, recién nacido, Señales
miércoles, 25 de junio de 2008
Antonia y las cigüeñas
Antonia and the Storks
Como todos los años (desde hace tres años) salgo hacia la tierra donde yace lo real de mi memoria. Mas antes de llegar aterrizaré primero en tierras foráneas de recuerdos pasados y futuros. Llegaré al encuentro de una niña a quién no conozco pero que siento conocer desde hace más de treinta años. 30 años han pasado y la recuerdo como ayer. Recuerdo claramente que el día de su nacimiento la vi envuelta en una sabanita y desnuda en manos de una enfermera. Para entonces el secreto era difícil de desenmarañar y solo la verdad de su sexo se sabía al momento del nacimiento. No faltaría sino unos pocos años más para hacerse de la certitud de tan único acontecimiento.
Mientras sabía que la niña llevaría el nombre de Antonia. Salí con la felicidad acuestas y apenas tenía una hora más para llegar a la joyería y comprar mi primer regalo a mi hija. Eran unos pequeñísimos zarcillos de oro. Había que estampar el sexo en mi bebé. Era una niña hermosa y a quien sostenía en mis brazos sin pudor proclamando el gozo espiritual de tranquilidad. Había nacido en mí el insuperable amor de padre. Han pasado ahora treinta años y ahora mis recuerdos regresan con ímpetu. Mi hija sigue siendo una pequeña niña en mis sentimientos y mi amor hacia ella es irreversible.
Anteayer crucé el Atlántico y llegué a las costas de América. Vengo a ver a Antonia. A pesar que han pasado treinta años todavía el tiempo de cruce es el mismo que entonces. En nada hemos avanzado en la comodidad del viajero salvo en los artilugios para los que tienen la dicha de poder pagarse un pasaje en la cabina delantera del avión. ¡Ah!, olvidaba que el espacio inmobiliario también diferencia entre los viajeros delanteros y los pasajeros de atrás. Pasé más tiempo de lo usual en traspasar los infames y deshumanizados controles migratorios. Ahora iguales en ambos lados del océano. Aunque en el honor de la verdad tanto en Europa como en este lado del Atlántico el tufo de xenofobia arde como el calor del pueblo de Sásabe. Solo la inquietud de ver a Antonia me ayudaba a mantener la cordura de este infame tiempo de espera.
Finalmente cogí mis maletas y salí al encuentro. 30 años han pasado y ante mí estaba Antonia. No la veía pera la sentía pues era inquieta. Todavía no está totalmente preparada para enfrentar el mundo mas es solo cuestión de días. Recuerdo que treinta años atrás cuando vi a Antonia que por primera y única vez y que por escasas horas se le conocería por ese nombre. 30 años habrán pasado y ahora Antonia será Antonia y mi hija Gabriela Antonia, que perdió su nombre de Antonia, será madre y yo abuelo de Antonia. Y para eso están las cigüeñas.
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