domingo, 28 de febrero de 2010
viernes, 26 de febrero de 2010
viernes, 22 de enero de 2010
jueves, 7 de enero de 2010
La muerte anunciada
Finalmente y luego de varias horas por carretera en un coche que me resguardaba de la inclemencia de un frío que azuzaba con quemar los frutos de los naranjos iba cruzando en plena soledad una parte singular de los desérticos pantanos del Everglades y del Stornwater cuando llegué al anodino pueblo de Pahokee situado en la orilla más al sur del lago Okeechobee.
A ambos lados de la carretera que me conducía allí aparecía con poco esfuerzo en la lejanía grupos de grupos de casas protegidas en escamas por una serie de alambrados de púas, y que en sus patios que formaban estos lúgubres edificios, se veía merodear hombres a la deriva vestidos todos con un uniforme de color naranja. Intenté detenerme para fisgonear pero había letreros que me advertían de la ilegalidad de tal acción. Descubrí prontamente que estaba en un complejo penitenciario. Continué mi camino y llegué a escasos minutos de este desolador panorama a la calle principal de Pahokee, que resultaba una aparente máscara, pues el pueblo no podía esconder su compleja desolación ni que su ilusoria esperanza yacía en sus insignificantes aguas dulces, cuales pretendían despertarla de su letargo perdido sueño.
Pero mientras este sueño adormece entre su desanimada población que ha visto sus esperanzas fustigadas por la desidia del tiempo, Pahokee se vuelve fantasmal. La vasta mayoría de sus tiendas han desaparecido y su población languidece sin futuro prometedor. No hay trabajo para nadie. Se puede ver montones de muchachos deambulando en grupos sin Norte cierto. Ese día el sol salió tímidamente y brillaba con cierta tristeza difuminando sus rayos sin ímpetu. Ni la luna azul que acaba de brillar lograba asumir sus esperanzas. El húmedo frío que arropaba al pueblo lo sentía penetrar las entrañas de este extranjero dejando en mí el sabor de la tristeza. Es desconsolador ver la muerte anunciada de un pueblo.
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miércoles, 24 de junio de 2009
Por la I-95
On the I-95Esta semana comenzaré a colgar una serie de fotografías donde la relación de estas imágenes residen en que fueron tomadas en las vecindades de la inmemorable autopista I-95. Autovía que recorrí en su integridad, ida y vuelta, desde lo más al sur en el Estado de la Florida, hasta su fin en Maine. Allí me encontré en un país sumergido en arenas movedizas y con una población que aparentemente empezaban a comprender que el país no andaba por buenos destinos y, que era necesario, recobrar con urgencia el sendero del progreso y de la ética. Todo comenzó en la madrugada del otoño 2008 con la inesperada histórica elección de un brillante político para la presidencia de la república, un mulato, que representa el color del nuevo país y el reto de una convulsionada sociedad, dispuesta a disolver el agobiante presente que los llevaba por la deriva del látigo de la religión y de la opresión del nacionalismo. Es una nación que se encuentra en la postrimería de la inflexión de su cultura política y económica y de su estructura social. El futuro de este país yace entonces en saber aceptar con serenidad estos inexorables cambios que vienen y comprender que el mundo les sobrepasa con creces a sus propios intereses egoístas. Es mi interés poder plasmar en fotografías este periodo.
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domingo, 14 de junio de 2009
Saqueo y esperanza
Plunder and Hope
Salí hace ya dos semanas de Europa y llegué a Miami saliendo casi de inmediato a Boston rumbo al Estado más al Norte de Estados Unidos continental: Maine. Fui allí con un solo propósito: estar presente en la ceremonia del grado universitario de mi hijo. Fue un interesante encuentro académico pues tuve el grato presente de conversar con el consejero académico de mi hijo. No fue lo que nos dijimos sino lo que no nos dijimos. Entendimos a la perfección que el mundo que nuestros hijos reciben es dilatadamente un enjambre de despropósitos. Y uno que requiere de cambios fundamentales del pensamiento, pues el mundo debe deslastrase de una sociedad infantil que se deleita en la felicidad individual sobre la colectiva, y donde dicho goce yace en la acumulación desmedida de la riqueza material. No menos aún es una promoción que deberá enfrentar el proceso de cambio de la ya agotada dogmática sociedad capitalista.
Tenía esperanzas que esta crisis financiera mediatizada con el nombre de crisis económica fuese lo que iba finalmente a hacer sucumbir lo pilares que sustentan el sistema político y económico por el inexorable peso de la endémica corrupción de las elites. Tristemente reporto que la misma corrupta elite que ha llevado al mundo por el tobogán de la inmundicia se ha vuelto perniciosamente a enquistar en su poder engañando a la humanidad con cambios que no han sido sino complejas permutaciones estéticas para mantener el mismo orden económico y político de siempre. Esta nueva generación de jóvenes que se bautiza en su ingreso al campo de trabajo sin trabajo será en la que pongamos nuestras esperanzas para se realicen los imperativos cambios políticos y económicos que requiere el Siglo XXI.
Mi incertidumbre se inquieta para cuando esta generación haya desplazado a la generación vigente no nos encontremos sumidos aún en una peor crisis que la actual. Los cambios supuestamente introducidos al sistema financiero y político, no han sido sino cambios cosméticos, que irrefutablemente nos llevará para dentro de pocos años a la quiebra general del sistema, no muy distintamente a la actualidad. Pero será aún más explosiva, quizá desencadenando fuerzas ocultas, que derrumbe definitivamente a una sociedad apartada de la ética y de la conciencia social.
Sentado durante el acto de graduación recordé (a pesar de la bellísima figura de uno de los oradores de orden, Geena Davis, inquietaba mi vista) que mientras volaba sobre las isla de la Azores a Miami leía con interés las viñetas del diario El País, y una de ellas, la del irreverente Roto, describía con singularidad el ambiente actual al que están sumidos los países del primer mundo. (No debemos olvidar que esta crisis de valores es esencialmente del primer mundo.) Rato dibujaba un paisaje de imponentes rascacielos y, de allí una anónima voz salía de una sus torres, que estaban predestinadas a derrumbarse, por causa del delirio de la avaricia, diciendo: “¡La operación ha sido un éxito. Hemos conseguido que parezca crisis lo que ha sido un saqueo!”
Ahora la generación que fenece se encuentra ante la encrucijada de depositar injustamente ante la nueva generación sus esperanzas de su infortunio y su incapacidad de solventar el vacío moral que embriaga a la sociedad para que efectúe el cambio que derrumbe definitivamente los cimientos de una inmoral y dogmática elite cimentada en la cultura del egoísmo y la corrupción y el engaño.
Lo contrario sería la tortura de vivir en un agobiante mundo de los Cheney, de los Bush, de los Rumsfeld, de los Paulson, de los Greenspan, de los Rubin, de los Yoo, de los Aznar, de los González, de los Ólmert, de los Netanyahu, de los Rice, de los Wolfowitz, de los Blair, de los Abdulá, de los al-Assad. ¡Menuda herencia!
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miércoles, 15 de octubre de 2008
miércoles, 8 de octubre de 2008
viernes, 3 de octubre de 2008
miércoles, 1 de octubre de 2008
viernes, 12 de septiembre de 2008
miércoles, 30 de julio de 2008
jueves, 24 de julio de 2008
“La pequeña Lulú” y el verano de 1961
Little Lulu and the Summer of 1961
Dudo sobre los meses en cuestión. Solo recuerdo que jugaban los Yankees y que la escuela estaba a punto de cerrar para las vacaciones de verano. A pesar de eso llegaba por primera vez a este internado que sería mi casa por los próximos dos años. No hablaba el idioma inglés y por eso (así creo) estaba allí. Recuerdo cuando logré pronunciar la palabra beautiful que mi profesor me felicitó por mi excelencia. A incontables días (el tiempo entonces pasaba lento) me quedé solo en mi habitación que compartía con un compañero y que al irse ocupé la confortable cama de abajo de mi litera. Allí pasaban los días y yo me ocupaba de limpiar lo trastos de la cocina y cortar el césped y de ordenar los utensilios de jardinería y los trineos del próximo invierno. Nunca había visto un trineo de verdad y por tanto me admiré de su mecánica. Estaban fabricados de madera y de metal era el rail de deslizamiento. No imaginaba cómo era la nieve donde se deslizarían.
Me sentaba durante el día a admirar el bello río Hudson desde su ribera. Era un acaudalado río que de lejos divisaba el majestuoso puente Tappan Zee que lo cruzaba de una ribera a la otra. Soñaba que volvería pronto a mi casa pues creía que mi llegada a la escuela sería tan temporal como los compañeros que se habían marchado a sus casas dejándome solo en esta vasta propiedad. Con ellos había visitado la escuela de guerra West Point y empezaba a conocer la música americana de los Everly Brothers, Neil Sedaka, Dee Dee Sharp, Dion y Paul Anka, sin olvidar a Dick Clark con su American Bandstand. Allí disparé por primera vez una arma de fuego: una escopeta de doble cañón. Hasta hoy recuerdo el culatazo y el ensordecedor sonido de un instrumento para dar muerte. Era mi encuentro con la cultura estadounidense a una edad muy temprana que marcó mi vida y los recuerdos de mi juventud.
Ese verano tan único en mi vida transcurrió en completa soledad. El colegio cual llegué con aprensión se quedó solo para mí. Estaba formado por una gran casona de tres pisos donde vivían los niños pequeños, eso quería decir menores de doce años. Luego estaba la casa del medio. Allí vivía yo. Era una pequeña casa de dos pisos que contaba con tres o cuatros habitaciones en cada planta y con una escalera a la entrada y un cuarto de baños compuesto de varias duchas colectivas y dos escusados sin puertas. Más arriba estaba la casa de los mayores. Yo viví en la habitación del fondo justo enfrente de los servicios. Allí transcurrió para mí todo ese verano de 1961 y lo que restaba del año.
Fueron algunos pocos días que un maestro de la escuela se apiadó de mí y me acogió en su casa por un fin de semana donde le ayudé a fabricar su habitación en casa de su madre. Allí comí hamburguesas y Apple Pie. Además ví jugar a los Yankees por la televisión. Creo llegaba pronto el final del verano pues se jugaba la clasificación para el mundial del béisbol profesional. Los Yankees iban a la cabeza. Sonaba con fuerza Dance on Little Girl de Paul Anka, Runaway de Del Shannon y Runaround Sue de Dion. No me gustaba entonces Elvis Presley. Para diciembre aterrizaría Chubby Checker con Let’s Twist Again. Los Beatles no llegarían sino para dentro de dos años.
Luego no volví más y hube de quedarme lo que restaba del verano en mi desolada escuela. Recibía de vez en cuando una que otra visita de padres que venían a prospectar el colegio. A pesar de no hablar inglés no por ello impedía me acercare a ellos. Algunos expresaban gestos de simpatías otros me hacían preguntas inteligibles. Soñaba que sus hijos me harían compañía. Me veía andando con ellos por los jardines y jugando pelota en los campos deportivos del colegio y por las aceras del pueblo y zambulléndonos en río Hudson. Los días pasaban con lentitud y cada día me creaba un mundo interior. Recuerdo viajaba por caminos llenos de arbustos y espinas sigilosas. Algunas de estas sendas me llevaban al margen del agua otras me acercaban a parques y palacetes. De lejos veía el gozo del picnic ajeno. Veía pequeñas velas de colores encendidas siendo apagadas con las fuerza del soplo del cumpleañero. Recipiente cargados de cotufas se repartían a borbotones. Helados y gelatina y la tarta cumpleañera se compartían entre los invitados. Me entristecía no poder participar. Pero mis deseos yacían también en satisfacer mi glotonería.
Disfrutaba de sobremanera el olor de la barbacoa y de los fuegos artificiales y de la piscina. Seguramente era un 4 de julio. No sabía qué decían los niños que jugaban al vaquero y los que se bañaban en la piscina. Una cerca metálica era la división entre ellos y yo. Me sentaba a verlos y me hacía ilusión de tenerles como amigos. Eso no iba a ser posible. Yo era un niño prisionero de una escuela y ellos unos niños aventajados de un país rico. Mi país sufría la instauración de la democracia. Las guerrillas marxista atacaban con fuerza al país. Cuba era la punta de lanza que trató de desembarcar la ideología comunista en mi país. Yo de lejos no vivía tal grado de inquietud: por ahora. Había todavía que esperar por octubre de 1962 para sufrir con todo rigor los efectos de la Guerra Fría. Aunque para esa fecha con trece años cumplidos las incasables prácticas de correr hacia los refugios atómicos y de cómo comportarme una vez llegado el fin del mundo no pasaba de ser más que otro recreo escolar. Esto lo vivía como si fuese un personaje de un filme de ciencia ficción. Me creía un superhéroe que luchaba por la democracia y la libertad. Sin saber a ciencias ciertas el significado de tan complejas y abusadas terminologías.
Mis días transcurrían entre la generosidad del maestro y la de su madre que me gentilmente me permitieron ver a los Yankees por la televisión y mis diarias faenas de jardinería y mis paseos por caminos que se bifurcaban en otros y otros a la vez creando un enjambre de desconocidos nuevos pasajes que mantenían viva mi imaginación. Entretiempo mi reloj acusaba la lentitud del tiempo de la niñez. Era todavía un niño que disfrutaba aunque fuera de lejos ver a través de las ventanas de casas ajenas los dibujos animados de la tele mientras caminaba por las aceras de Nyack hacia la tienda de la esquina, “Corner Store”, me decían los empleados de mi escuela. Allí me alimentaba de nuevos sabores descubriendo los cupcakes y Devil Dogs.
Mis paseo por este pueblo consistía además en visitar la tienda de discos o el 5&10 o el cine que el filme cambiaba cada semana y que la versión vespertina no era la misma que la nocturna. Recibía para entonces 1,05$ por semana como semanario. Con ello lograba comprar un disco de 45 rpm o la entrada al cine o un English Muffin con una Coca Cola. EL cine estaba descartado pues no entendía el idioma inglés. Para suerte mía mi apetencia se decantó en la música pues logré hacerme de una discografía de importancia que luego mi madre decidió tirarlos al pipote de basura justamente cuando tenían valor comercial. Todavía recuerdo sus carátulas y los desgastados surcos blancos de tanto escuchar una y otra vez un mismo lado del 45.
En Woolworth me sentaba en la barra del mostrador de la cafetería o me paseaba por sus anaqueles viendo una variedad de artículos jamás visto por mi. Entre ellos descubrí la venta de calcetines de colores; tanto blancos o rojos, que venían en paquetes de a tres. Allí me debatía en comprarme uno de ellos. El impulso fue más grande que la prudencia y ahora mi mesada tenía más oportunidades para el dispendio. Logré también comprar por escasos cincuenta centavos una pequeña radio que trabajaba sin pila ni electricidad y que se escuchaba solamente por medio de un pequeño auricular, en mi caso, la WABC de Nueva York (solo existía la AM pues la FM estaba todavía a más de diez años de distancia). El filme West Side Story acaba de ser exhibido y con ello los calcetines de Woolworth mantenían la importancia de la moda. Me había comprado unos blancos y unos rojos; cuales lucía sin pudor con mi pantalón vaquero apretado y de un dobladillo alto. Con ello tomaba el aspecto del personaje Tony de los Jets sin ser gringo. Me había enamorado de María de la pandilla latina de los Sharks. Me encontraba entre dos culturas. Era la premonición de mi futuro. Ya había pasado el verano.
En mi habitación los días continuaban pasando y mi cómic “La pequeña Lulú” que había traído conmigo desde mi país fue mi mejor compañero para tan larga espera en soledad. Recuerdo vivamente el personaje Tobi y su club donde "no se admiten mujeres”. Para entonces no tenía todavía a ninguna Lulú que deseara mis encantos. Tobi y Lulú eran unos singulares personajes que a pesar de ser niños con sus ocurrencias divulgaban con humor las complejas relaciones entre hombres y mujeres. Ayer me llegó por correos un ejemplar del año 1958 de “La pequeña Lulú”. Lo he leído con la diligencia del eterno recuerdo. Así cómo esta caseta que vende limonadas que lleva el sugestivo nombre de Toby –sin la i latina como se escribe en español- (a pesar que quien vendía limonadas era Lulú) me puso a mis pies el recuerdo de ese triste y a la vez encantador e imaginativo verano y año de 1961.
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miércoles, 23 de julio de 2008
miércoles, 16 de julio de 2008
miércoles, 9 de julio de 2008
martes, 8 de julio de 2008
lunes, 7 de julio de 2008
sábado, 5 de julio de 2008
Patriotismo
“My country right or wrong, is a thing that no true patriot would think of saying…It is like saying, My mother drunk or sober” G.K. Cherteston
Ayer 4 de julio se conmemoró en los Estados Unidos de América el día de su Independencia. Allí se le conoce como Independence Day –título análogo al filme de ciencia ficción de Roland Emmerich sobre alienígenas que invaden a la tierra y la cual es rescatada obviamente por un héroe (esta vez negro y que fue extrañamente profecía al actual candidato presidencial Demócrata) estadounidenses un 4 de julio- también la llaman la Revolución Americana.
Esta anual conmemoración es celebrada con un verdadero fervor patriótico. Por todo el país se celebra con desfiles de carrozas y de candidatos políticos a la caza del voto, así como es el día para mostrar los nuevos coches de bomberos y ambulancias, nuevas patrullas y su policía armada. Los colegios también salen a lucirse con sus bandas musicales y animadoras vociferando y saltando con sus pompones. Es una verdadera fiesta comunitaria de solidaridad.
No escaseó en todo este bullicio de explosión de patriotismo los aviones de guerra surcando el cielo y el desfile de veteranos militares retirados oteando con profusión la bandera nacional y la de sus colores reproducidos en cualquier variedad de artículos. A pesar del injusto estado de guerra que el país se encuentra sometido por la maldad de un inepto y corrupto gobierno que no se sacia de derramar la sangre de sus ciudadanos y de inocentes extranjeros para enriquecerse ellos mismos, me resultó incompresible y desconcertante no ver en el desfile o en los espectadores, ninguna alusión a la paz. Es como si el alma revolucionario hubiese fenecido.Sentí en el ambiente una sensación de negación de la realidad. Solo se deseaba festejar la banalidad. Se quiere solamente vivir el patriotismo de la bandera y del desfile jocoso y del disfrute de un día de asueto para saciar su apetito con hamburguesas cocinadas en barbacoas y engullidas con cerveza a borbotones, terminando este festivo día con una esplendorosa oferta de fuegos artificiales.
Mientras observo el espíritu revolucionario en letargo y envejecido y arropada con toda su intensidad en la bandera nacional y que deja a la deriva a un maravilloso país -que ejerció por mucho tiempo el liderazgo de la libertad y de los derechos humanos- en manos de funámbulos de los sueños y de imperialista cosechadores de poder que lo ejercen para su propio bolsillo. ¿Podrá rescatarse el espíritu revolucionario estadounidense? En la respuesta a esta pregunta yace el futuro de ese país; y quizás del mundo.Etiquetas: americanismo estadounidense, patriotismo
























